128 años sin Cuba

 


Hoy festividad de San Jorge se cumplen 128 años de la declaración de la guerra por España a Estados Unidos. Y la actualidad vuelve a poner a Cuba en las noticias. 

La pérdida de Cuba ocupa un lugar singular en la memoria histórica española. No solo por sus consecuencias políticas, económicas y morales, sino por el relato que se construyó para explicarla y cerrarla. Un relato que, con el paso del tiempo, ha terminado por convertirse en herencia incuestionada.

Tradicionalmente, la guerra de 1898 se presentó como una derrota inevitable: el choque desigual entre una potencia emergente y un imperio agotado, resuelto con un gesto final de dignidad militar. Esta explicación resulta cómoda. Atenúa responsabilidades, encaja con ciertos datos económicos y demográficos, la abismal diferencia de población, riqueza, progreso social y tecnológico entre España de finales del xix y Estados Unidos. Permite clausurar el episodio como una fatalidad histórica. Sin embargo, no resiste un análisis riguroso.

Quien se acerque a los documentos históricos, los libros, los testimonios de los protagonistas, a la documentación política y militar de las décadas previas, o a los relatos paralelos —norteamericanos y cubanos— descubre pronto una profunda disonancia. El comportamiento de los mandos españoles, las decisiones adoptadas por el gobierno de Madrid,  la propia secuencia de los acontecimientos no encajan  con la imagen de una derrota militar, rápida e inexorable.

Desde hace dos años llevo tejiendo una nueva historia de la guerra de Cuba. No pretende ser una historia convencional, ni una narración más del llamado Desastre del 98. Su objetivo es otro: analizar el conflicto desde una perspectiva de larga duración y situarlo en el marco de un problema político que se arrastra, al menos, desde 1868 y que involucra a tres naciones, Estados Unidos, España y Cuba. No olvidemos que el nacionalismo cubano surge en la primera mitad del xix y no deja de crecer. Durante más de tres décadas, la metrópoli intentó acabar con  los mambises mediante presión militar, pero también con negociaciones, pactos, indultos. 

Sin embargo la política de Madrid careció de un rumbo claro y resultó errática. Como veremos, las diferentes crisis políticas que se suceden en la península a lo largo del xix fueron las responsables de este comportamiento. El sentimiento nacionalista cubano siguió creciendo, la isla en otro tiempo, rica comenzó a empobrecerse. La peseta en los mercados internacionales se hundía imparable. España durante el xix no supo tejer alianzas sólidas con sus vecinos europeos. La soledad diplomática de Madrid a finales del xix era completa.

Desde el 68 hasta finales del siglo, la metrópoli fue cerrando, una tras otra, todas las posibles salidas al problema cubano. No supo conceder una autonomía viable, rechazó la independencia, bloqueó cualquier fórmula de anexión o venta. En abril del 98, tras la voladura del Maine, a un lado y al otro del Atlántico, nadie ignoraba que la guerra era inevitable.

La guerra de 1898 no es un desenlace inesperado sino la culminación de un proceso. Un proceso en el que el expansionismo norteamericano jugará un papel determinante, pero sin duda no inferior a la astucia, la valentía, la tenacidad de los mambises. Madrid no supo valorar estas dos amenazas. Es por ello que en este libro se ofrece una  visión distinta de la derrota militar. 

Propone una lectura crítica de aquel final: no basada en conspiraciones ni traiciones, sino en la lógica —a veces implacable— de los sistemas políticos cuando se enfrentan a una realidad geopolítica que no han calibrado bien.

El lector encontrará en sus  páginas  no  verdades definitivas o incuestionables, sino una hipótesis razonada, apoyada en hechos, datos y testimonios, que invita al lector a reconsiderar lo que cree saber sobre el 98. Tal vez la guerra de Cuba fue algo más que una simple derrota. 

Sagasta, un político hábil y camaleónico, era conocido por su capacidad de adaptarse a las circunstancia y por su oratoria persuasiva. El relato que tejió para explicar la derrota demostró astucia e ingenio. Fue, si me permite el lector, como el truco del prestidigitador que en el momento preciso aparta nuestro ojos de donde se desarrolla la magia y surge la paloma de la chistera. Sirvió para poner punto final a un problema que nadie supo resolver y apartar nuestra atención de la decisión política que tomó el gobierno de la metrópoli.


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